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Fiebre en La Boca.
Todas las melodías y todo el estruendo.
La piel azul y
oro está curtida de tanta gloria. Pero ese aliento único, tan propio de esta
Bombonera que tiene corazón, baja como caricias que son puro sueño. Entonces,
resulta imposible no sentir el cosquilleo, no saltar, no gritar, no conmoverse
por la inminencia de otro título. Adentro, en ese rectángulo cargado de figuras,
Boca es gol, es Palacio y su capacidad de desequilibrio para ganar mucho más que
un partido. Por eso afuera, en esas tribunas tapizadas de fieles, Boca es
explosión, sentimiento, pasión. Boca es, en el alma y la voz de su gente,
campeón. Aunque queden dos fechas y Estudiantes siga cerca. Aunque haya que
conseguir un triunfo el domingo en Córdoba. Hinchas, jugadores, técnico y
dirigentes, todos los habitantes de este mundo Boca, ya se sienten dueños de la
vuelta olímpica.
El partido se consume y la multitud no aguanta más.
Quedan cuatro minutos para el final y todavía no llegó el último gol de Rodrigo.
Pero las gargantas de los fanáticos no pueden esperar para estallar, para
expresar toda la felicidad que les genera el tricampeonato que sólo por ahora es
jactancia de River, tres veces, y de Racing. Y mientras Morel, guerrero guaraní,
gana la enésima pelota en su lateral, mientras Jesús Dátolo juega como si fuera
el auténtico hijo de Dios, la sentencia llega con formato de estribillo en esa
caja de resonancia: "Dale, Bo... que vamos a salir campeones, que vamos a salir
campeones, que vamos a salir campeooo...".
El festival de esos
cuarenta mil adoradores xeneizes, una ínfima porción de la mitad más uno, está
armada aunque todavía no termina el partido. Y como si necesitara un escenario a
pura felicidad, qué mejor opción que otro gol de Palacio, que esa definición
cruzada después de un pase exacto del pibe Franzoia. Es el cuarto impacto del
delantero bahiense, es la mecha que enciende la explosión mayor, acompañada por
una canción escrita con la tinta de la gratitud: "Yo te sigo a todas partes,
gracias por salir campeón".
Hay claros en la tercera bandeja, es cierto.
Pero no tiene que ver con el abandono de la causa Tri, nada que ver, sino con la
elección de esos hinchas que prefieren seguir juntitos, bien juntitos, cada
jugada, cada situación de peligro, cada gambeta, cada grito de gol. Y entre
ellos está el más ilustre, el que frotó la lámpara con la camiseta de Boca y la
Selección, nada menos. Ahí está Diego. ¿Hace falta el apellido? En su palco,
inseparable de sus hijas, vestido de azul y oro y con una gorra comunista, salta
al ritmo de La Doce. Y agita el brazo y canta por Boca. Y aplaude a Guillermo
Marino, ese cordobés que utiliza la número "10" que él transpiró como ninguno.
Hay que ver ese rostro desfigurado de placer, parecido a esa imagen indeleble
del Mundial 94, la de su golazo ante Grecia. Lógico, Maradona, como todos
aquellos gritan en las populares y en las plateas, tiene sangre azul y
oro.
Boca es una fiesta. De goles, de fútbol, de gritos multiplicados
contra River. Se termina el partido. La goleada con Colón está consumada. Pero
nadie se quiere mover de la Bombonera. Si fuera por ellos, quisieran que ese
momento dure para siempre. Aunque la semana próxima haya más para festejar.
Mucho más. |