Rompió la
lógica con un tiro de atrás de mitad de cancha que asombró a todo el mundo. Y
después no pudo parar de llorar y de gozar.
Un desahogo puede ser también una perfecta emoción. Y en
el recorrido de ese sentimiento, las lágrimas parecen inevitables. El hombre que
llora ahí, abrazado por todos, en el medio del Cilindro de Avellaneda, está
feliz. Su llanto no es un desconsuelo; parece todo lo contrario. Martín Palermo
solloza también porque no parece creíble el escenario: acaba de convertir un gol
de fábula , desde atrás de la mitad de la cancha, como en algún sueño de aquel
chiquilín platense que dejó lugar a este goleador de números invencibles. Mira
alrededor y el contorno le devuelve una gratitud grande como su gol. Sigue
mirando y se encuentra con un par de abrazos de Guillermo Barros Schelotto,
primero, y de Juan Román Riquelme, después, que emociona hasta a los ajenos.
Parece que el nueve de Boca nunca perderá su capacidad de asombro: sigue
emocionado. Justo él que conoce de cerca el sabor de un golazo con garantía de
memorable o de un grito decisivo con espacio seguro en la historia. Justo él que
con su optimismo goleador puso de rodillas al Real Madrid, en la final
Intercontinental, en 2000. Justo él que ya superó los 200 goles.
También
en el vestuario –felicitado por amigos y desconocidos, por jugadores y curiosos
entusiasmados – hubo lugar para esa emoción hecha lágrimas. No podía parar de
llorar...
Un rato antes, cuando al partido sólo le quedaba un retazo del
descuento, Palermo creyó como tantas veces que era posible: Rodrigo Díaz intentó
un pase, pero apareció Martín –ese Titán del área– para interceptarlo, para
imaginar lo imposible, para patear desde más de 50 metros, para hacer el gol,
para generar ese estallido unánime de ese pueblo xeneize que lo adora, para que
por un rato la vida –su vida– se transforme en el más feliz de los llantos
incontenibles...
.........................................................
Antes de ese gol, Palermo había jugado un partido. Apenas un detalle
decorativo ante la inmensidad de su jugada final. Es cierto que en el primer
tiempo participó poco y pareció aislado, preso de las dificultades para
encontrar espacios. También es cierto que en el segundo tiempo pivoteó con
eficacia y con constancia y que, así, resultó útil para su equipo. Pero lo mejor
fue esa suerte de revancha para aquel gol de José Calderón, también desde
lejísimos, en la goleada de Independiente al Boca campeón de Carlos Bianchi, en
el Clausura 99.
.........................................................
El que corría hacia atrás, también sorprendido, no era cualquiera: Oscar
Ustari, campeón mundial Sub 20 en 2005 e integrante de la Selección en el
Mundial de Alemania en 2006, es uno de los mejores arqueros de nuestro fútbol.
Ustari vio caer la pelota detrás y comprobó que era víctima de un gol sin
olvido. Fue, además, el primer gol de Palermo en el Clausura. El anterior había
tenido el sabor de una amargura: se lo había hecho al Estudiantes de su corazón
en la final con derrota en el Apertura. Miguel Angel Russo –el mismo que, como
técnico de Estudiantes, lo cedió a préstamo a San Martín de Tucumán– lo mantuvo
en campo. Apostó por él. Creyó. Y, después del 3-1, fue uno más en ese racimo de
abrazos para el Señor Gol . También por estos detalles resultó un gol con
destino de imborrable de cualquier memoria boquense y futbolera.
.........................................................
Ya no tenía lágrimas en los ojos. Salió trotando del vestuario visitante de
la cancha de Racing, directo al micro. No quiso hablar. Quizá porque no tenía
palabras para contar ese gol. Seguro porque cualquier adjetivo habría resultado
escueto para definir su sensación. Lucía feliz.
Fuentes: Clarín, Olé, As,
Marca, Ovaciones, Esto.